
Amigos lectores:
Me permito adjuntar un poema que retrata el cambio de la edad y la ida de los ímpetus de la juventud. Todo lo cual no es cierto, porque el alma no envejece.
Os invito a leerlo y comentar. Gracias,
Dr. Fronteras
El ascenso de la edad
Iba yo dejando la inocencia
olvidando la luz
las espigas de primavera
y los sueños de mis amores
en el tinglado del tiempo.
Al igual que el acero
entrega su fortaleza
a la longitud del ácido
iba yo dejando que viviesen
la vida los demás.
Y en una noche de desvelo
de mis cincuentas
una voz desconocida
me contó que aún me esperaba
con un gran amor.
Era una voz que reunía
a todas las voces amadas
y me dijo
de una catedral sumergida
y me dijo
de un enorme canto de violines.
Al oír sus propuestas
le hablé de la estatura moral
y la edad de la razón
de la métrica que usan las gentes
para valorar a un hombre.
Casi de rodillas le pedí
que no buscara ningún horizonte
pues mi alma estaba sellada
a la ida del tiempo
con una fórmula social.
Le expliqué que ya era tarde
que los deberes y los días
estaban escritos
en un libro de nieve
que yo forjé.
Pero aún me mostró entre sueños
cabalgavías de peces y madréporas
que iban a la catedral de violines
con sus formas y colores caprichosos
en ese océano anónimo del tiempo.
Y dijo que era vida
venida de otras vidas
ascendiendo y cayendo
con sus órganos poderosos
en tenaz existencia.
Con el viejo corazón del olvido
que dejó atrás el deseo
y olvidó el asombro
le dí la espalda
a las cosas que decía.
Y bajé la cabeza
diciendo que no
y lloré con los ojos cerrados
en la docta verticalidad
del intelecto y la noche.
Entonces corrió una brisa
grande por el cielo
mientras se nublaba mi mente
vencida por la noche
en un sueño sin nombre.



