Basado en una nota de M. Vargas
Nunca fui creyente. Mis padres lo eran, incluso tuvieron una iglesia propia donde pude entender, desde niña, algunas calles y avenidas del corazón del ser humano en su conversión, sobre todo el afán “resultadista” de muchos. Rechacé la fe utilitaria de pedir a Dios por un propósito terreno. Lo hice tantas veces como pude, y cuando la abrigué fue falsamente por interés social, académico o político. O sea, como aprendí de los demás, sobre todo de los resultadistas que llegaban al templo de mis padres. De tal manera que para mí resultaba difícil reconocer la sentencia de aquel filósofo latino de la Roma antigua, Publio Siro, la que mi padre me repitió tantas veces, que dice:
“Cuando alguien pierde la fe, no le queda nada más que perder”
De tal forma que puedo afirmar claramente que, en efecto,tenía mucho que perder, pues nunca tuve fe y creía solamente en la acción humana y natural.Y la realidad es que coseché cuantos éxitos pude lograr, a costa de lo que fuera, a la manera de Maquiavelo, y temía perder cualquier cosa de aquella burbuja del destino manifiesto que siempre creí tener.
Nací en 1953 en Triberg, la famosa ciudad de los relojes cucú, al suroeste de Alemania, Valle de Oos, en la región de la Selva Negra. Obtuve, a los 25 años, mi doctorado en teología y filosofía en la Universidad de Friburgo, que fue fundada en 1475. Ahí pude conocer de cerca todo lo que legó Martin Heidegger, el filósofo más importante del siglo XX, mentor del DASEIN y del SER Y TIEMPO, ¡Y de cuánto más! Incluso conocí la cabaña donde escribió sus grandes obras, durante casi medio siglo, marcando la filosofía del siglo XX. De alguna manera el existencialismo moldeó los primeros años de mi vida.
En 1980 me casé, tuve dos hijos:Ada, la mayor y Noah, con mi esposo Thomas Miller, un empresario estadounidense de vinos que conocí en Heidelberg. Con los chicos de 3 y 2 años, nos marchamos a Chicago USA donde estaban las oficinas de mi esposo, en el entendido de que nuestros hijos llegaran a ser verdaderos “americanos”. No teniendo que trabajar, y contando con dos caseras, pude seguir estudios de economía en la Escuela de Negocios de la Universidad de Chicago, la segunda más antigua del mundo. Ahí alcancé mi doctorado en política económica, en 1981.
En un giro del destino que marcó mi vida, quedé viuda en 1982 por un accidente en auto de mi querido Thomas. Una vez que me sentí sola en América, apliqué varias veces por puestos en universidades de Alemania. Después de varios intentos, regresé con mis dos niños a Alemania, ya que al fin había ganado una plaza como profesora de filosofía política de Friburgo, mi antigua casa mater, a una hora en auto de Triberg, donde estaban muchos miembros de mi familia.
Estando en Friburgo como profesora asociada, realizamos muchos encuentros tanto académicos como políticos sobre las ideas del ordoliberalismo,la famosa escuela de pensamiento económico nacida durante la década de 1930 en la Universidad de Friburgo. La Escuela de Friburgo o liberalismo del orden consistía en proponer un orden jurídico de libertades para proteger los mercados tanto de monopolios como de grupos de poderexcesivo, pero sin la participación directa del estado como agente de mercado.
La Escuela de Friburgo fue despreciada por el Tercer Reich, por Stalin y por Mao, dadas sus innegables posturas de pleno empleo planificado y centralizado, como fórmula única para un pretendido progreso económico y social, que nunca sirvió para nada, en ningún lado del mundo. Lo digo porque en 1986 estuve reunida con Fidel Castro en Cuba, para el III Congreso del PCC y en un discurso a los miembros de su gabinete revolucionario les expliqué que iban por mal camino pretendiendo una economía centro planificada, con un mercado sin libertad y menos dignidad...que recordaran las economías fascistas y comunistas que no llegaron a ningún lado, más que a la miseria. Esa noche me enviaron un oficial de gobierno con una invitación a abandonar la isla.Nunca vi tanta miopía en un gobernante, pues no pudo entender que el estado debe tener la capacidad para dejar al mercado libre, y proyectar normas estratégicas en favor de la iniciativa y el libre albedrío.
En el año 1993 fui apoyada para la alcaldía de Friburgo, y un grupo de inversionistas y grupos de poder me apoyó y gané una papeleta de coalición como la primera mujer en ejercer ese cargo, el cual ocupé por 4 años, ya que después me ofrecieron la vice presidencia del Partido Social Demócrata y la tomé; ahí estuve por3 años más. Incluso fui nominada para la presidencia de la república, lo cual decliné porque no podía ver a mis hijos, a quienes los atendían nanas pues mis días eran de sol a sol y vivía de reunión en reunión . Pensando en su futuro, los eduqué en una escuela ordo liberal y quise que ellos siguieran con el pensamiento social demócrata. En parte fue así, pues se fueron dedicando a sus empresas viviendo vidas de pareja empresarial, en un país libre y democrático, aunque solo Noah me dio una nieta.
Ahora soy abuela, me vine a vivir en la casa de campo de Triberg, me dedico a escribir sobre variados temas y mis notas a veces aparecen en un libro, en un periódico, en una página web o red social, pero muchos de los que leen pertenecen a un mundo ulterior, un mundo que a golpes derribó el castillo que yo había levantado.Un mundo que para mí cada vez es más irruptivo y surrealista, arrojado ante mí por un par de nuevas generaciones...
Mi organismo actualmente se ha convertido en un contertulio vociferante y autónomo al que mis argumentos le son cada vez más triviales. Por otro lado, mi anterior pensamiento ha cambiado y reconozco que mi visión de fe ya no es la misma de antes. Reconozco que muy dentro de mí ha nacido una convicción de incompletitud e incapacidad nacida de mi ser en los años, como decía Heidegger en su “Dasein”...Y por tanto dejaré montones de “desechos” y de cosas escandalosamente pendientes y llenas de problemas que deberán re direccionarse o echarse al olvido. Porque mis hijos han vivido sus pruebas, en un paralelismo insuperable; y los he visto caer y levantarse solos o a veces bajo mi protección...No.…me equivoco! Bajo la protección de Dios. Sí, ese Dios que siempre ignoré porque no creí necesitarlo mientras estuve en puestos de poder.
Así las
cosas, sinceramente y de todo corazón, reconozco que no conocí a Dios con mis
padres, en la Iglesia, ni en la Biblia, ni en libros o manifiestos de grandes
predicadores. Tampoco lo conocí en las palabras o actos de fe que profesaron
otras muchas personas que conocí o de las cuales tuve referencia cercana. Y
menos en la academia, o en la política. Nunca entenderé cómo pude ser tanto
“persona” en la ventana pública y tan poco “yo” en la privada...Pese a los esmerados estudios y ocupaciones durante toda mi vida, tuve que reconocer algo tan sencillo y a la vez profundo como que Dios es necesario en cualquier nivel del pensamiento humano.
En
verdad, llegué a conocer a Dios en mi desierto, en las madrugadas cuando fui
abandonada por mis seguidores y por aquellos que me apoyaron en los buenos
momentos, cuando mis hijos me alejaron, porque yo los alejé, cuando empecé a
ver una mujer envejecida y sola en el espejo, cuando las herramientas que antes
utilicé con habilidad ya no eran actuales, ya no sabía cómo usar las nuevas,
las dos o tres generaciones que vinieron me cayeron encima y comencé a sentir
que me dolía el corazón, y terminé viendo psicólogos y medicándome por las
noches cuando el miedo, la tristeza y el insomnio me embargaban y se apoderaron
de mi ser interior, no de mi máscara que aún aparecía rebosante ante
las gentes...Lo conocí en mi debilidad y quebrando, en el fondo de mi angustia,
cuando creí que ya no podía más con la farsa de la sociedad y me ví como una
hoja caída en el bosque oscurecido, nada más. Fue ahí donde lo conocí y mi vida
cambió para la gloria de Dios.
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