LA HERENCIA

Caía la tarde en Transcona, Winnipeg. Se asomaba una de las primeras nevadas del invierno de 1970. La nieve dejaba entrever algunas partículas cristalinas que lograban refractar, en fugaces arcoíris, los últimos rayos del sol. Hacia el norte se divisaba un bosque amplio, levemente tupido de pinos, el cual separaba la ciudad del Monte Cook, situado a unas 9 millas. El coloso ya lucía tachonado de nieve. Una corriente de densa niebla empezaba a descender desde el risco, inundando sus faldas, a uno y otro lado del bosque, cuales brazos de la helada noche que se avecinaba.
José Pérez, un químico de la compañía de aceites Reiken, situada hacia el norte, en la dirección del bosque, había subido a la montaña a recolectar raíces de plántulas para la investigación de fuentes de biomasa para carburantes. Montado en una motocicleta de nieve y enfundado en un grueso abrigo de piel de oso blanco, con capucha, iba bajando por una ladera del monte, cuya poca inclinación le permitía maniobrar con seguridad el peso que llevaba y la fuerza de la inercia, para llegar a la planicie de bosque. El vehículo blanco se confundía con la incipiente capa de nieve, su velocidad era estable y el motor despedía aire caliente, lo cual había protegido al hombre de la intemperie de la montaña. Una vez que bajó al bosque, dio los últimos acelerones por un pequeño trecho, mientras apuraba su llegada a una cabaña de la compañía, justo en la falda del monte.
Al llegar, Pérez notó cómo la nieve ya cubría la estancia, construida de adobe, cortes de madera rústica y tejas, junto a un ciprés viejo e inclinado. Retiró un bolso de cuero del vehículo, conteniendo el material recolectado y se lo llevó al hombro. Miró una placa de latón fijada en la pared de la cabaña, que con letras de molde decían “Reiken Co.”. Muchas cosas pasaron por su mente. Luego, volviendo su rostro al cielo enrojecido, pues ya empezaba a oscurecer, descansó el bolso a un lado de la puerta de troncos y con ayuda de una pala, logró separar la nieve, abrir y entrar. Enseguida dejó el bolso en una mesa amplia, prendió una lámpara de keroseno, y con la flama un cigarrillo, se frotó sus manos y se despojó del grueso abrigo.
El Dr. Pérez esperaba a un colega que también debía bajar del monte, con muestras similares, pero por la otra ladera. Ambos químicos, que trabajaban en la misma planta, estaban investigando nuevas fuentes de aceites carburantes. Pérez, quien estaba divorciado desde hacía 10 años, vivía con su único hijo, Tadeo, desde que la esposa y madre logró el divorcio para casarse con otro y dejarlos. Mientras fumaba, se miró en un espejo sucio de la pared, notó su rostro cansado y tenso, y en el silencio de la cabaña, dijo para sí, con voz apagada:
— Solo mi cerebro me ha dejado seguir aquí…
Al ser las 7 de la noche, aproximadamente, llegó en otra moto el colega Roger Clifford, cargado con otro bolso conteniendo raíces y acompañado de un ayudante llamado Selenio. En seguida depositaron el material en la misma mesa. El Dr. Pérez, a semejanza de su colega, el Dr. Clifford, frisaba los 50 años. Habían estado trabajando en el mismo laboratorio de la planta Reiken, desde hacía años, en la preparación de aceites hidrocarburos, pero ahora estaban con un proyecto novedoso, basado en biomasa de plántulas perennes de la montaña.
Luego del intercambio de saludos, Selenio fue a buscar leña al depósito externo, para hacer café. El Dr. Clifford sacó de su abrigo un rollo de papel con apuntes y empezó a decir:
---Bien, Pérez, anoche hice algunos cambios a nuestro algoritmo de biomasa residual con este material de Cook. No sé si lograremos mejorar el rendimiento, pero al menos la composición es más pura, como ya hemos comprobado.
---Está bien, veamos, pero creo que debemos hacer el análisis otra vez, para estar seguros. ¿No lo crees, Roger? --- inquirió Pérez. Y agregó:
--La idea es terminar esta fase cuanto antes, pues la gerencia busca materiales nuevos para la planta.
El Dr. Clifford asintió con un movimiento de su cabeza. Y así, durante unos minutos se dedicaron a revisar el documento. Entretanto, Selenio había aumentado la flama de la lámpara de keroseno, la cual, tiritando lampos de luz, empezó a bañar con su resplandor los troncos de los pinos cercanos. Luego que Selenio hubo preparado café en el fogón, sirvió a cada uno en sus respectivas jarras, desenvolvió unos emparedados y todos empezaron a comer en silencio, entre sorbos de café, pensativos y mirando al fuego, mientras escuchaban aullidos de un par de lobos por el bosque, quizá marcando territorio.
---Bien, Pérez. Mañana mismo hacemos el alistamiento de estas muestras. Haremos también un último estudio de composición, para estar seguros---Agregó finalmente Roger.
Al cabo de una hora, tanto Roger como José salieron de la cabaña, atravesaron el bosque y en minutos llegaron a la planta Reiken. Dejaron los vehículos con el guarda del parqueo y se marcharon a sus casas. Por su parte, Selenio reunió las raíces que habían recolectado, y las puso en una nevera del laboratorio.
A la mañana siguiente, iniciaron labores como de costumbre. Los dos químicos, una vez que pusieron las muestras en alistamiento, que consistía en limpieza, corte primario ysuavizamiento salino, empezaron con el trabajo del día. A eso de las 9 de la mañana, fueron llamados por el gerente, Ing. Teo Charren. Se volvieron a ver con intriga, pensando en las posibilidades de qué pudiera tratarse...si algo bueno o algo malo...Y enseguida se marcharon hacia la gerencia.
---Buenos días señores---dijo saludándolos el gerente, un hombre bajito de recia figura, con una copiosa barba ya encanecida, el cual les invitó a entrar en su oficina y continuó diciendo:
---En unos minutos viene el señor Nathaniel Reiken---aludiendo al dueño de la compañía—pues me acaba de llamar por radio—Y agregó:
—No lo esperaba hoy pero ya viene. Estará complacido de esta nueva iniciativa. ¡Será una sorpresa para él!
Enseguida se sentaron en una mesa de trabajo. El gerente preguntó con ansiedad a su secretaria, por el intercomunicador, si ya estaba preparada la sala de eventos con el mobiliario, café, jugos y bocadillos. Acto seguido pidió a Clifford que le adelantara la exposición del nuevo algoritmo para la obtención de aceites hidrocarburos, antes de que llegara Reiken.
---Bueno, señor Charren—respondió Clifford—mi propuesta se basa, en realidad, en una idea del compañero Pérez, de que las plántulas perennes del subsuelo de Cook puedan ser aprovechadas para obtener aceites carburantes de mayor octanaje. Se trata de una fuente muy sostenible, pura e inagotable.
---Adelante, explíquese— le indicó el gerente.
Y así, el Dr. Clifford, con la ayuda de su compañero Pérez sentado en una silla, continuó, en una pizarra, exponiendo el algoritmo para la obtención de los aceites hidrocarburos con plántulas del Monte Cook. El gerente miraba con satisfacción la nueva alternativa, profiriendo palabras como “interesante”, “ah claro”, “no puede ser”, “cómo”, etc.
Al ser las 9:50 am, se escuchó la voz de la secretaria por el intercomunicador, indicando que ya había llegado Reiken. Entonces el gerente le indicó que lo pasara de seguido. En pocos minutos llegó el apoderado general de la compañía, un hombre alto, delgado, de rostro pálido, desencajado, con un leve bigote y cabello blanco, el cual, mirando con particular atención a José Pérez, saludó con finos modales y tomó asiento.
---Y bien, señores, por lo que veo hay trabajo nuevo de Clifford y Pérez. Cuéntenme---dijo con voz tenue el señor Reiken, señalando a las notas en la pizarra.
Clifford y Pérez volvieron a exponer su algoritmo de obtención de aceites, ahora al apoderado de la compañía, con un lenguaje llano y sencillo. No obstante, el apoderado apenas puso atención a lo que decían, lo cual llamó la atención de todos.Al final, Reiken dijo a su Gerente, con voz tenue pero segura, que le organizara un plan estratégico de corto plazo. Enseguida todos pasaron a la sala de eventos a compartir el refrigerio.
En alguna parte del diálogo entre los cuatro, Reiken se retiró al baño, aludiendo a una leve indisposición. Los subalternos pensaron que quizá todo era por el largo viaje que había tenido desde la capital. Sin embargo, todos notaron que no era el mismo hombre vigoroso y dinámico que siempre conocieron. Se veía desmejorado, más encorvado y un tanto ajeno, indiferente. No obstante, el gerente Charren dijo con especial ánimo:
---Al señor Reiken le ha gustado el plan. Estoy seguro. Mañana mismo iniciamos con la parte administrativa. Si logramos una producción útil en un par de meses, saldremos al mercado de carburantes de biomasa para maquinaria y lo dominaremos. Nuestras acciones saldrán del atolladero en que han caído.
— ¿Entonces le ve futuro a esta fuente de energía alternativa de Cook? --preguntó Pérez al gerente de planta. Y agregó:
—Pero debemos sacar los permisos primeramente; eso es ineludible, jefe.
—Tiene razón, pero para eso están los abogados. No hay problema—respondió el gerente Charren.
Una vez que Reiken regresó a la reunión, continuaron por largo rato evaluando las propuestas, llamaron dos o tres funcionarios más, para implementar consultas y trámites, y fueron terminando la reunión a eso del mediodía. La planta Reiken, con varias decenas de funcionarios, trabajaba como de costumbre, solo que ese día, después del almuerzo, el señor Reiken no visitó los diversos departamentos para ver y escuchar a sus empleados, como acostumbraba las veces que llegaba. Así que hubo expectativas y rumores de todo tipo en la organización.
Esa noche el Dr. José Pérez se acostó un poco tarde revisando algunas notas del proceso en estudio. Puso unas gotas de antihistamínico en un vaso de agua, que desde su divorcio acostumbraba a tomar para dormir, y se acostó a eso de la medianoche. Pese al medicamento, Pérez despertó un par de veces. No podía conciliar el sueño. Tenía convicción de que iban a lograr dar con una fórmula buena de aceite combustible, pero lo que más le inquietaba, lo que más le intrigaba, era el aspecto y cambio de actitud del dueño de la compañía.
--- ¿Por qué se quedó mirándome?... ¿Qué les habrá pasado?... ¡Qué cambiado está, lo veo sin energía!, Y ni siquiera visitó al personal--- se cuestionaba, y volvió a tomar más gotas para poder dormir.
A la mañana siguiente y luego de preparar el desayuno, José Pérez llevó, como de costumbre, a su hijo Tadeo a la primaria de Transcona. Saludó a algunos de los otros padres de familia, que normalmente encontraba allí. Pero al volver al parqueo, le sorprendió ver a Catalina, hermana de su ex esposa, que lo esperaba junto a la camioneta. La mujer lo miró con ojos intrigados, y le dijo:
—Te estaba esperando, José...Nataniel no vino solo esta vez; también mi hermana vino y están en mi casa.
—¿Qué me quieres decir? --preguntó José.
—-Que tu ex esposa Carmen está con Nataniel acá en mi casa, y ambos te están esperando—respondió Catalina. A lo cual, José dijoen tono exaltado:
—¿Y por qué diablos me van a estar esperando? ¡Han estado felices juntos desde que ella me pidió el divorcio y abandonó nuestro hijo, para casarse con Reiken y viajar por el mundo!
—Por favor, José, es algo demasiado importante. Debes venir conmigo; ya llamamos a tu jefe, a Charren—agregó la mujer, en tono enfático.
José quedó mirando al suelo, frotó su rostro con las manos, y respondió:
— Está bien, ¿Me querrán comprar otra vez o qué? Pero bueno, vamos.
Enseguida el Dr. Pérez y Catalina subieron a sus autos y tomaron rumbo a la casa de ella. Al llegar, Nathaniel Reiken estaba en la sala junto a su esposa, Carmen. Se miraron con ansiedad todos y la primera que quiso hablar fue Carmen, la ex esposa de José, pero Nathaniel la tomó de la mano, e inició la conversación:
—José, estoy muriendo de cáncer. He gastado millones en una clínica de Londres, pero no ha funcionado. Queremos pedirte perdón por todo lo que te hicimos. Solo puedo decirte que en mi testamento ustedes dos se quedan con la compañía, con 50 % de acciones cada uno. Como sabes, nunca quisimos tener hijos. Pero ahora Tadeo estará protegido.
Finalmente, Carmen, con los ojos llenos de lágrimas y con voz entrecortada, le dijo a José:
—-Ahora solo espero que algún día me puedan perdonar…
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